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Una pregunta en Nueva York

Columna de Rafael Bernabe

Se nos hace vivir como si fuéramos máquinas. Se nos trata como si fuéramos cosas. Se nos incomunica y separa a unos de otros. Vivimos para pagar las cuentas, pero nunca tenemos suficiente. Vivimos trabajando por el dinero, sin que el trabajo que hacemos nos satisfaga. Vivimos con el miedo de perder el empleo y el miedo nos hace aceptar injusticias y maltratos. Nos contratan y despiden, nos trasladan y reubican como si fuéramos objetos. A pesar de que somos más productivos, cada vez se supone que trabajemos más tiempo y más rápido.

¿No se supone que la tecnología nos libere, en lugar de esclavizarnos? Se glorifica la competencia y aprendemos a ver a la otra empresa, el otro vendedor, el otro trabajador o trabajadora como al enemigo. El mundo se divide entre vencedores y losers, y los vencedores son los que aprenden a no tener piedad por nadie: cada cual que se asegure lo suyo y todos estaremos mejor. Y aprendemos a ver al desempleado, al marginado, al desamparado con desprecio y el miedo a quedar nosotros también en el desempleo nos amarra y resigna una vida que nos agobia. En talleres, fábricas y oficinas se mutila la creatividad, se traiciona el potencial, se frustran las aspiraciones de trabajadores y trabajadoras.

La razón es sencilla: hay que ser competitivo, hay que reducir los costos, hay que aumentar las ganancias. Y en ese altar se sacrifica todo: se exprime al asalariado y asalariada, se desintegra la comunidad, se destruye el ambiente. Ya ni se nos ocurre pensar que sería posible organizar el trabajo de otro modo, y gestionar la economía de otra manera y con otros criterios y convertir en realidad los valores que tanto predicamos de solidaridad y humanidad.

Vivimos bajo los efectos de la crisis, pero ¿de dónde viene la crisis? ¿Por qué nos controla la crisis en vez de nosotros controlarla? ¿Acaso no debe estar la economía al servicio de la gente y no la gente al servicio de la economía? ¿Acaso no debemos trabajar para vivir y no vivir para trabajar?

Todo esto y más me vino a la mente cuando en septiembre pasado aquella persona me hizo aquella pregunta luego de terminar una presentación. Me vino a la mente pues recordé un clásico cuento de José Luis González en que un apagón detiene por unas horas la máquina de ese mundo impersonal en que vivimos en que se tritura a la persona, se desintegra la comunidad y se destruye la naturaleza. En que se detiene la máquina de una sociedad que tiene como fundamento la desigualdad, como motor la competencia y como consecuencia la desolación. Vino a mi mente aquel momento en la azotea en que renace por un segundo la comunidad y el ocio enriquecedor y el culto del talento de cada uno y el reencuentro con otros y con uno mismo.

Quizás porque yo estaba en Nueva York participando en una actividad, quizás porque enseño literatura, quizás porque hace poco había discutido ese cuento en una de mis clases vino a mi mente, como respuesta a la pregunta que me hicieron, la descripción que uno de los personajes hace de aquella ficción y que también sirve de título al cuento: aquella fue la noche que volvimos a ser gente. Porque la petición que me hizo aquella persona fue: dígame en una oración por qué debemos votar por su partido. No lo piense mucho, diga lo primero que le venga a la mente. Y eso fue lo que le dije: para que volvamos a ser gente. Para que nos permitan ser gente. Para que nos pongamos en camino de ser gente, para marchar contra una sociedad que lo impide.